Desde sus orígenes y en sus sucesivas evoluciones las ciudades han definido su desarrollo urbano en función de las necesidades del sector productivo, porque es el que dinamiza la economía y genera riqueza social. Así surgieron las de las grandes civilizaciones como Egipto y Mesopotamia, y las de la Edad Media, en las cuales la fuerza empresarial estaba dada por los comerciantes y los artesanos; y las de los siglos XVI y XVIII, cuando puertos como Sevilla y Nápoles hicieron valer su protagonismo en los intercambios de mercancías para mercados situados a larga distancia.
Por ello también la primera gran explosión urbana se derivó de la revolución industrial que motivó el desplazamiento masivo de población campesina a las ciudades, para trabajar en las fábricas localizadas donde se encontraban las materias primas, y que se conectaban con rutas de transporte.
Esa disrupción económica dio lugar a la Ciudad Jardín, caracterizada por un desarrollo urbano que mejoró la calidad de vida con barrios residenciales que ofrecían viviendas unifamiliares con zonas verdes en un entorno de andenes amplios, bulevares lineales arborizados y calles principales conectadas con otras paralelas y perpendiculares.
En los años 70 del siglo XX con el predominio del sector servicios para atender las necesidades de la población y de las actividades productivas, surgió la Ciudad Postindustrial, marcada por un rápido crecimiento de las áreas periféricas, derivado de la consolidación de polígonos industriales fuera de los cascos urbanos, que debieron ser conectados por nuevas vías. Esto, llevó al desplazamiento de la fuerza laboral a las llamadas ciudades dormitorio donde la vivienda era más barata; y también al de las familias de mayores ingresos a los suburbios buscando conexión con la naturaleza y menos concentración de vecinos.
La focalización de los servicios en los centros de las ciudades propició que algunos se peatonalizaran y rehabilitaran para proteger sus patrimonios históricos, arquitectónicos y artísticos, de manera que fueran atractivos para residentes y turistas. Para conectarlos surgieron los tranvías y se popularizó
el uso de la bicicleta, con el fin de reducir o eliminar la contaminación generada por los automotores.
Barranquilla vivió, a su manera, algo de cada una de las fases de las ciudades industriales y postindustriales. Algunos positivos como el Barrio Abajo, cercano a zonas industriales y portuarias, y expresiones de la Ciudad Jardín, como El Prado y Bellavista. Y otros negativos como el deterioro de su Centro Histórico, con una riqueza arquitectónica patrimonial desechada, y de barriadas alejadas de los núcleos productivos, donde impera la falta de urbanismo, con una densidad poblacional sin control que causa condiciones de vida indignas, y a las que llega el transporte público de baja calidad o informal, luego de largos recorridos.
Y claro, también tiene, en su área metropolitana, municipios dormitorios caracterizados por un mayúsculo desorden urbano, aunque también en ellos el sector privado está generando riqueza social desde las zonas francas, los parques industriales y los centros logísticos que operan en Galapa, Malambo, y Soledad; y formando el talento humano en la creciente oferta educativa que se concentra en Puerto Colombia.
Tomando como referente el urbanismo del barrio El Prado, desde hace cerca de dos décadas Barranquilla ha logrado implantar el modelo de Ciudad dentro de la Ciudad, desarrollado por Grupo Argos, en un ejercicio de articulación con la Alcaldía Distrital, basado en la sostenibilidad y la inclusión social.
Con ese modelo, el que yo llamo Territorio Argos fue pionero en Barranquilla en el buen manejo de las aguas lluvias. Gracias a este nos estamos acercando al índice de espacio público de 10 m2 por habitante establecido por la Organización Mundial de la Salud, se ha integrado una oferta de vivienda para diferentes niveles de ingresos en barrios que se conectan a sus zonas de influencia a través de varios modos de movilidad, donde se mezclan equilibradamente los usos del suelo entre residencias, comercio, servicios, institucional, e industrial.
Igualmente, bajo este modelo la ciudad dispone de una red de infraestructura y de servicios públicos diseñada también pensando en desarrollos futuros. La de servicios está conformada por más de 40.000 metros lineales destinados a agua potable, otro tanto para alcantarillado sanitario, más de 87.000 para alcantarillado pluvial, y más de 72.000 para el sistema de energía eléctrica, todo de inversiones totalmente privadas.
El concepto del cual se parte lo expresa bien el arquitecto y urbanista Rafael Obregón: “no es igual desarrollar 100 urbanizaciones de 1 hectárea, que una urbanización de 100 hectáreas”. La explicación es tan sencilla como contundente: “En una ciudad que crece manzana por manzana la ocupación de nueva tierra se hace de manera inercial, sin incorporar nuevos parámetros urbanísticos, ni construir vías arteriales, parques o proveer sitios para equipamientos de escala metropolitana.
Pero, si se hace bajo modelos como el aplicado por Grupo Argos en lo que antes eran tierras colindantes con la estructura urbana de la Barranquilla de mediados del siglo pasado, ricas en yacimientos de caliza que se usaron para fabricar cemento, se logra una densidad residencial que se complementa con sistemas que la equilibran y compensan con una oferta de movilidad, acceso a zonas verdes, usos complementarios y equipamientos cercanos”.
Lo que yo llamo Territorio Argos le permitió a Barranquilla superar sus déficits en hoteles de alta categoría, oficinas, y centros comerciales, y disponer de nuevos colegios, universidades y clínicas, generando una dinámica económica que le proporciona al Distrito cuantiosos recursos fiscales con los cuales atender proyectos y programas en otros sectores.
El desarrollo urbano de Grupo Argos además de acercar la vivienda a sus servicios complementarios y a zonas de empleo, también ha permitido lograr una mixtura que integra viviendas de diferentes tamaños y formas para familias de composiciones diversas y con capacidades económicas diferentes, lo cual es un instrumento invaluable para el crecimiento y la inclusión social y cuya eficacia está probada en otras ciudades alrededor del mundo.
Hoy, ese avance con múltiples beneficios puede frenarse en seco por decisiones judiciales y administrativas alimentadas por un activismo ambiental que esconde intereses políticos-electorales y de negocios vinculados a quienes los promueven. Si ello se da, Barranquilla sufriría un fuerte revés en su propósito de continuar su desarrollo urbano ordenado, planificado, sostenible e incluso en las zonas disponibles para ello. Y las consecuencias serían sociales y económicas porque se paralizaría casi que totalmente al sector constructor e inmobiliario, generador de empleo y detonador de riqueza y bienestar.
Sin embargo, ese riesgo también es un desafío para que los diferentes estamentos representativos de la ciudad y los residentes en los barrios donde ese desarrollo se ha dado, se expresen en defensa de un modelo de desarrollo urbano que no ha sido suficientemente entendido ni valorado. Porque, como en las ciudades referentes de los buenos tiempos pasados antes citados, también aquí los empresarios, los gremios, los generadores de conocimiento y los ciudadanos, tenemos la responsabilidad de defender, más que a una organización empresarial, a Barranquilla, que puede perder el privilegio de contar con zonas en las cuales darle continuidad a un urbanismo que ha cumplido con todas las normas ambientales y de ordenamiento territorial, superando incluso las exigencias normativas.
Es hora de transitar de la simple condición de habitante de la ciudad, a la de ciudadano. Resignifiquemos esa condición desde el significado que tenía en la Antigua Grecia, donde ser ciudadano significaba defender la ciudad de cualquier amenaza, participar en la preservación del bienestar público y hacer parte de la Ciudad Estado. Porque a la ciudad la construimos todos, aunque unos pocos pretendan destruir lo construido.
Por Roberto Duarte