Por Roberto Duarte, director de C3 Comunicaciones
La disyuntiva es clara y la decisión también. Porque no hay otro camino para evitar los costosos apagones, que cada vez son más inminentes, no solo por el fuerte impacto del fenómeno de El Niño y la consecuente falta de lluvias que ocasionará la caída del nivel de los embalses de las hidroeléctricas, y su capacidad de generación. También por otros factores que han debilitado a todos los eslabones de la cadena del sistema eléctrico, armando una tormenta perfecta que obligará a racionamientos de energía.
Y ya sabemos que la energía más costosa es la que no se tiene, porque sin ella poco o nada funciona en todos los aspectos de nuestra vida.
La CREG y el gobierno mantienen la ejecución de la estrategia Energía Ya, que en su primer mes mostró resultados positivos porque la mayoría de los colombianos mantuvimos o bajamos el consumo ante la posibilidad de que aumentarlo nos obligue a pagar más cara la energía que usemos por encima del promedio anual de cada uno de nosotros.
Sin embargo, la motivación no puede ser solamente evitar lo que equivocadamente se ha entendido como un castigo, tal como lo han expresado los políticos y los alcaldes y gobernadores populistas de todas las orillas.
Si queremos bajar el costo de la factura mensual del servicio de energía, que no es lo mismo que bajar las tarifas porque que suban o que bajen depende de los cambios en los costos de cada uno de sus componentes, y de las condiciones del mercado, no hay más camino que bajar nuestros consumos. La ecuación aquí también es sencilla, si consumo menos, pago menos.
Y si consumimos menos bajamos la demanda de energía que con Niño o sin Niño ha venido creciendo significativamente. XM, el operador del sistema eléctrico, reportó que, entre agosto de 2025 y agosto de 2026, la demanda a nivel nacional creció 6,75% y en la Región Caribe aumentó 9,00%.
Algunos alcaldes, gobernadores y congresistas del Caribe atribuyen el mayor incremento de la demanda aquí, frente al resto del país, a las altas temperaturas de nuestro clima. Pero ese argumento se cae al comparar los consumos de zonas que tienen temperaturas iguales o mayores incluso que las del Caribe.
Por ejemplo, Barrancabermeja, en Santander, tiene condiciones de calor y humedad sofocantes iguales a las de Barranquilla y Cartagena. Pero mientras la primera, que está dentro de la región Oriente, tiene un crecimiento de la demanda cercano al promedio nacional de 6.75%, las dos últimas arrastran al Caribe al aumento desorbitado del 9%. Eso significa que el consumo en la costa norte crece casi un 50 % más rápido que en las zonas cálidas del interior.
Ese incremento impacta de forma crítica al sistema, elevando sustancialmente las alertas de desabastecimiento y racionamiento entre diciembre de 2026 y abril de 2027, cuando se acentuará la fortaleza de El Niño.
Por eso, las advertencias de que subirán las tarifas del servicio de energía tienen una razón obvia. Si hay mayor demanda y menos oferta para atenderla, el precio subirá irremediablemente.
Lo que no dicen esos políticos populistas, es que ese crecimiento en el consumo de energía en el Caribe tiene que ver sobre todo con el hecho de que aquí se concentra el 92% de la subnormalidad eléctrica del país, con zonas de difícil gestión para AIR-e y AFINIA, donde los habitantes creen que este servicio es un derecho y no tienen el deber de pagar por ello.
Por ello, esos operadores de red apenas recaudan entre el 1% y el 5% de lo que facturan, y tienen pérdidas negras, es decir, por robo a través de conexiones ilegales a la red del sistema, del 31%, más del doble del promedio nacional. Prestar el servicio de energía eléctrica en esos sectores es responsabilidad legal de los alcaldes, no de los distribuidores y comercializadores. Pero en sus planes de desarrollo normalizar esos barrios no hay nada en tal sentido.
Otra razón del incremento desmedido del consumo de energía en el Caribe es el funcionamiento, en casas de estratos 2 y 3, de pequeñas y medianas empresas altamente intensivas en el uso de energía, como fábricas de hielo, que se benefician de los subsidios al consumo y por ende de menores tarifas.
Ante el incremento constante de la brecha entre lo que consumimos y la capacidad que tiene el sistema de garantizar energía firme de forma segura, tendremos un faltante de energía de 8,3 %, equivalente a 7.669 GWh, frente a las necesidades previstas en el cierre de 2026 y los primeros cuatro meses de 2027, de acuerdo con XM. Y debido a que el aumento de la demanda de energía duplica al ritmo de crecimiento económico, hoy el sistema eléctrico opera al límite y está frente a un margen mínimo de maniobra ante las contingencias actuales.
Ya el 28 y el 29 de septiembre pasado la demanda superó en determinados momentos la disponibilidad de energía programada, lo cual forzó la realización de maniobras de emergencia para evitar apagones en varias regiones del país.
Entendamos entonces que estamos en medio de una crisis que nos plantea también la oportunidad de cambiar la cultura de consumo de energía desde ahora y para siempre. Contribuir a bajar la demanda es la responsabilidad que debemos asumir los usuarios para contribuir a superar la grave coyuntura actual. Pero, también el poder que tenemos que usar para pagar menos por este servicio.
Apagar una luz y desenchufar un cargador de celular o un electrodoméstico son acciones que parecieran no tener ningún impacto en la superación de las dificultades actuales. Pero si multiplicamos ese gesto individual por los millones de usuarios del sistema eléctrico nacional, comprenderemos la importancia de hacerlo dada la magnitud que tendría un accionar colectivo en tal sentido.
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